Velas, sales y esperanza.

 El humo de las Velas.

El siglo XX, nos ha permitido contemplar, seguramente, El Juicio Final de Miguel Ángel, de nuevo…y puede que por última vez.

“Cuentan” los especialistas que el humo de incontables  velas que iluminaron la Sixtina, a lo largo de las largas ocasiones en que la liturgia vaticana, utilizó  esta capilla, y que no sólo se reducían al Cónclave, como suele creerse comúnmente, había provocado su ennegrecimiento. Junto con los frescos que en conjunto decoran la totalidad de la Capilla, su estado general, sin ser realmente, alarmante, animó a la dirección de los Museos Vaticanos a acometer una de las hazañas, que deberían figurar en los anales de los hitos históricos de este funesto siglo, y que consistió en una limpieza y restauración integral de la capilla. Con el apoyo de los mejores recursos que la moderna ciencia de la Restauración artística dipone, fue posible, de manera arriesgada y valiente, la ejecución de este regalo de la vida. No creo que ninguno de nosotros sea capaz de valorar en su justa medida el impacto que supone un hecho, en apariencia tan nimio, como una restauración de unos frescos; pero que en realidad, a la luz de la duración media de una vida humana, puede ser considerado, como uno de esos jalones, que a modo de marcas indelebles, suelen aparecer en el relato oral y cotidiano de cualquier ser humano, “yo viví cuando se limpiaron los frescos de la Sixtina…” Pocas veces, el uso del agua, ha permitido devolverle la verdadera cara a un artista, y si bien, somos conscientes de que no fue unánime en su momento el aplauso de los especialistas, algunos, en un ataque de purismo insostenible, acusaron a Colalucci y a su equipo de convertir a Miguel Ángel en un comic de cartón piedra, hoy parece haberse apagado el debate.  Se argumentaba que la suciedad formaba parte de la historia del fresco, y era consustancial a su visión, y por tanto intervenir en ellos de manera tan radical era pervertir, el significado último, así como, su continente físico.(SIC) El respeto por la obra de arte se trasladaba aquí a extremos, que resultaban sospechosos, y que quizá encubrían un desinterés real por el destino de la Obra, considerada por muchos, la obra Maestra de su autor. Una vez que el resultado se desveló, nunca mejor dicho, y que por otra parte, estaba anunciado en parte por la limpieza de los frescos de la Bóveda, demostró, que los contemporáneos de Miguel Ángel, no exageraban al elogiar el valor de la obra. Tal vez las polémicas artificiosas de ciertos autores de nuestros días les hagan parecer más papistas que el propio Papa, pero debe reconocerse el mérito  de Juan Pablo II por permitir la limpieza. La historia real de la evolución y vicisitudes varias, del Juicio y las incontables intervenciones, ajenas a la voluntad del autor, la más evidente Santa Catalina, y San Blas, las premeditadas censuras y alteraciones de todo tipo, no pueden ser, respetadas aún más allá de la propia obra, y por ello, devolver a El Juicio, en la medida de lo posible, su primer estado, era una labor, que no puede sino ser considerada un verdadero regalo para los seres humanos que tengan la dicha de poder contemplarlo. ¿Por qué?, puede que nos preguntemos. La única respuesta que se nos ocurre es sencilla: porque era posible. Y, si no nos bastara: porque dentro de quinientos millones de años, La Tierra habrá cambiado tanto, que nada existirá como lo conocemos hoy y  por ello, tener la oportunidad de “ver” limpio El Juicio, y La Bóveda, también, es un Regalo tan insólito, como precioso, tan hermoso, que provoca la esperanza, en quien esto escribe, de que la enseñanza de un artista como Buonarroti, no llegue a perderse y a desvanecerse en la bruma ennegrecedora, tiznante y corrosiva de la indiferencia. La mujer de Lot, en sal, su cuerpo y alma un dios terrible mudó… Pero al menos, la pasión sincera, que la impulsó a mirar atrás, le permitió ver por un instante, el lugar que más amó. Amen.

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