Pianger cercai, non già del pianto honore

Morta colei che mi facea parlare,

Morta colei che mi facea parlare,

Bien hablan del Ser por su nobleza
en su suerte está muerta su fortuna
pues del tiempo ya franquea la tribuna,
arrojada a los dados su entereza.

Por la almena asoma como antes
la ruina firme, antaño fortaleza,.
cubierta de hiedra toda su fiereza
las justas esperanzas humillantes.

El ser no espera nada, ni mendiga
la piedad en los lances anhelantes,
huidas las promesas más brillantes
goza el preñado ayer, que el alba abriga.

La asfixia asqueante con sus honores
encandila la nada y desperdiga
quincalla de humo blanco, y prodiga
su inocente estulticia por favores.

Tierra hará sucesiva a su destino
humillado el cuerpo y los temores
no hay Ser sostenido por humores,
sepulto acabé como dios convino

Salamanca Abril, 2008

Saludos, Anónimo Lector.

El título pertenece al soneto CCXCIII del Cancionero de F.Petrarca.

Padre nuestro, que estás en tus pensamientos como en los míos

recorte

Si hoy, como tantas otras veces, quisiera evocar la imagen de mi padre en las horas en que desaparecía de mi vista, y de las todos, tendría que acudir a las escasas veces en que le acompañé al monte, allí, donde rara vez la voz humana no había dejado más eco que un fragor lejano en torno de las apagadas fogatas de la historia, esfumadas ya de haber existido alguna vez, y más allá de donde la vista ciega alcanzara, sin rastro de monumento que venerar, sólo podrían ser imágenes de fantasmas o de huesos por descubrir, pues allí, el tiempo se enroscaba bajo la tierra, en formas tales que sólo la fe en la propia libertad, podían haber llevado hasta a aquel lugar, el más inhóspito de los parajes, a trabajar a mi padre. Bajo el gabán infausto de la noche oscura, donde el manto deshilachado de las estrellas sólo anunciaban más frío y peor tiempo para hacer cisco, donde cada gesto de la brisa debía ser interpretado como una vieja plegaría en un latín obtuso, y donde por más esfuerzo que se aplicara, el mismo tiempo nunca era suficiente, ni mensurable, por que no había noches ni mañanas suficientes para acabar tanta tarea, pues de aquel tiempo que de la tierra ingrata sólo se manifestaba en forma de carrascos y de encinas correosas y altaneras, como las viejas damas que son, con sus modales acendrados en sus copas y sus artes para imponer más allá de sus sombra sus despojos parvos o suculentos, si era mi padre quien debía transformarlos. No con poesía, naturalmente, con la sangre de sus manos y despellejada la piel que no se había quemado, vano sería el pastoril y ridículo intento de encontrarle en estas estúpidas palabras, su cara entiznada y abrasada, pero de querer hallarle, son aquellos dos azules reflejos que en medio de la noche, avivan con su esperanza de un futuro mejor para su hijos, los que en su color del cielo prometido, arrojarían sin desfallecer cada vez más gavillas a la cisquera serpenteante en sus cabezas de hidra abrasadora, con la tenaz fibra de los brazos del héroe que mi Padre es, ha sido y sigue siendo para mí.

Daría, no dos peniques, sino todos los dracmas de los museos honorables por saber qué pensaba mi padre en aquellos momentos antes del alba, igual en su quietud amenazante a la anterior, antes de dar el primer impulso, igual a los anteriores, e idéntica a los que le seguirían en todos aquellos años en que por su trabajo estaba tan lejos de mí, y de todos los demás; qué pensaría en medio de su soledad, su tectónica y titánica silenciosa soledad como única compañía. Algo así es una maldición, pero asumida y por tanto, no exenta de cierto regodeo secreto. La fe, en su propia libertad, le había llevado hasta aquel reino de sufrimiento y trabajo extenuante, y aquello era como un juramento, para mi padre, que es hombre de palabra, la dada así mismo, y es quizás de todas sus manías, ésta misma, la que la más perdura en sus tradiciones, y así hemos de tomarlo, testarudo u honesto, elíjase el don. Y todo aquello sucedía siempre en silencio, mi padre no malgastaba no ya palabras, ni suspiros roncos ni ajados lamentos, no recuerdo más voces que las del fuego crepitando al devorarse a sí mismo.

Esa fe, la de la verdadera libertad, que no es poca cosa, tuvo a bien enseñármela de un modo natural, con una frase vulgar en su contenido, soltada en forma de pregunta y sin embargo llena de sentido, uno que sólo mi madre y un muy sorprendido yo mismo, entendimos cómo el paso del Rubicón de aquel ser que, ahora, ya sabíamos, no sería más aquél que habíamos conocido, comprendimos que desde entonces nos dejaba saber que era el hombre que sabíamos que era, valiente, y sincero. Pero sin pregones ni alharacas. Por tanto, la vida debía seguir como siempre, no somos gente de andar dándole vueltas a las almohadas. Cada noche, uno sabe que refriega tiene con su conciencia.

Mi padre, que se casó con mi madre por amor, no es lugar de describir aquí las pruebas, no podía imaginar que un día escribiría esto, pero de aquel amor hemos nacido cada uno de sus hijos, quienes curiosamente, entendemos a nuestro padre de maneras muy diversas, como debe ser, pues cada uno de nosotros tenemos una historia diferente que contar. Y ya no hacemos el vano esfuerzo por ser unánimes al respecto, pues con ser cada cual decente en su juicios, será el tiempo quien nos juzgue. Ese incorpóreo manto que acompañará siempre la luz celeste de lo ojos de mi padre, dos zafiros envueltos en la tiza negra de un trabajo que mutiló su cuerpo, y la vida que no pudo dedicar a los cinco hijos que de ser otra nuestra vida, tal vez, con ese tal vez de los finales amables, podíamos haber adivinado en sus ojos, su intangible verdad, aquel amor sin gestos grandilocuentes, pero plenos y repetidos en el ínfimo detalle a destiempo, del regalo casi sin importancia de una promesa por cumplir, que no por no llegar casi nunca, poco puede ahora importar, sólo su deseo de cambiar nuestra vida debiera ser suficiente, al menos, hoy como siempre, para mi.

Mi padre, de quien pocos pueden decir que le conocen realmente, debo el convencimiento de que cada ser humano es por regla matemática, un Absoluto en Potencia, y con esa máxima acabaré mis días, ahora que ya soy más como él es, más misterio y más molusco, a cada paso somos más íntimos sin hablar, sin romper las reglas sagradas que llevamos tanto tiempo practicando y llegará el día, mejor la noche, y su alba ineludible, cuando habré de saber quién fue mi padre cuando pensaba en mi madre, en mis hermanos y en mí; será así, por que ya ha comenzado en mí esa suerte de ensimismamiento, ahora que mi hijo va creciendo y yo también soy padre. Y que sé, gracias a mi padre que la verdadera dignidad del trabajo, no reside en éste, únicamente en sus frutos, que deben ser honestos y equitativos, y sobre todo inocentes de las desgracias de los demás, ajenos en lo posible en la reorganizada manera de ser repartida la injusticia en el mundo.

Feliz cumpleaños, feliz en el día de tu Santo, y feliz Día del Padre. Tan parco en todo que lo cumples todo en un mismo día.

Saludos, anónimo Lector.

Senil

Las tres edades. Giorgione

Creo que ha llegado la hora de preguntarse que haré cuando sea viejo. Hubo un tiempo en que, en el colmo de la egolatría adolescente, me tenía por un ser amado por los dioses, y por ello, moriría joven, como en los mejores poemas escritos en lenguas ya muertas por esa manía tan común a todos de la desidia en la transmisión, frustrada siempre, por ser comprendidos. Sería así, apenas un dáctilo, y no muy bueno, en el hexámetro infinito de las generaciones que ya no podrían leerme como uno más de los catalogados en la memoria de los vivos, la otra, la de los muertos, habrá de ser, entonces, como estas palabras, olvido sembrado en los márgenes de toda suerte, el polvo peor que la herrumbre, carcoma de estómagos preñados de silencio. Cuando sea viejo, habré de verme como las figuras que acompañan gran parte de mi vida entre las sombras diáfanas que veo doquier alzó la vista, más allá de la pulquérrima pantalla que asociamos a la lozanía, y como no he muerto y los años van pasando, habré de comprobar, en mis carnes, la condena de escucharme en la añoranza antipática de ver estos años como otro campo dilapidado en todas las promesas abocadas al más rotundo de los desencantos, ese fruto último de todo consuelo, el condicional del verbo al que todo se ciñe, vivir, “y si …” para callar, luego, al sabernos solos. Sí, solos, y seniles.
No es difícil imaginar cómo ha llegado a derivar este adjetivo, senil, en sinónimo coloquial de decadencia, y si los romanos levantaran la cabeza se avergonzarían de no haber impedido ser los autores inconscientes de tan mala transferencia, al fin y al cabo, alguna vez debió comenzar este trastorno de sentido. Por mi trabajo he visto demasiadas veces el espectro completo que se refleja en la mirada de “los mayores”, eufemismo vano, o en “los abuelos”, impreciso corolario que remata esa ficción llamada tercera edad: cuando Edipo se pone estupendo y crea logaritmos burocráticos los demás pasamos a ser parte del acertijo, pues edades, hay muchas, y la de la inocencia, como aquel título magnífico de E. Wharton debería poder elegirse. Por mi trabajo he visto demasiadas veces la inocencia, en ellos, aquellos de los que formaré parte cuando me llegue a mi vez el turno, y no era candidez, ni simpleza, más bien, esa infinita sorpresa por haber llegado tan lejos y no poder explicarse cómo, tan rápido nos viene la condena manriqueña, pero sin poeta que nos cante, ni perrito que nos ladre. A veces llegar solo no basta, como sólo llegar, y aún así, he visto en ellos la casta tontería de esperar cosas nuevas, como la entrañable caridad de ser escuchados, sin más ansia que recibir aquella fática y enfática costumbre ya perdida de los soportales y las plazas, de las cuevas trasmutadas, bajo las canas, alzar la vista del fuego y oír el relato del mundo, en las bocas de los ancianos. He visto en casi todos ellos todas sus horas y sus colores propios entre las centellas apagadas de sus lacrimales resecos, donde las pavesas se apagaron tiempo atrás en un fatuo ardor de resistencia a la mudanza. Ellos son hoy ya parte de mi mirar, de mis manías, y compruebo, que no nos separa tanto a ambos, los viejos y mi viejo, cada día más joven se aúnan hoy para escribir esta sarta de majaderías.
Cuando sea viejo, ahora lo sé, habré de despedirme sin aspavientos de todo cuanto hoy es esperanza y sueño, para mi y para todos nosotros, un mundo mejor, que lo será para algunos, los de siempre, y cantaré, a la misma musa que ayer animó mi juventud ajada, ridículamente, no conozco otra manera. Amarillea ya mi boca, y clarea el sotobosque de mis cabellos, y saludo como a un conocido de toda la vida al viejo que ya soy, debo hacerme, pues, su amigo, ese que deberíamos ir mimando todos, al final, sólo él estará en nuestra hora, esa de la que huimos a cada bocanada, a cada paso y de la que sin embargo, a cada maquinal parpadeo estamos cada vez más cerca.

Saludos, anónimo Lector.

Crédito Imagen

Del hablar pronto o tardío. MdM

 Jenny Elizabeth American Painter


Jenny Elizabeth
American Painter

«Suele acontecerme también que la inspiración me favorece más que el raciocinio. En ocasiones escribiendo se me escapa alguna sutileza (bien se me alcanza: insignificante al entender de otro, puntiaguda para el mío; dejemos tales distingos, cada cual habla del ingenio, según la fuerza del suyo), y luego no sé lo que con ella quise decir; a veces cualquiera otro descubre su sentido antes que yo. Si suprimiera todas las frases en que tal me acontece, apenas si dejaría ninguna transcrita»

«La casualidad me hará ver luego claramente su alcance, generalmente más claro que la luz del mediodía, y contribuirá a que yo mismo me asombre de mi incertidumbre»
M. de Montaigne. Ensayos. LIBRO I, Capítulo X

Saludos, Anónimo Lector.

Crédito Imagen.

Noviembre: Die Blumen sind erstorben…


«Arrojo flores blancas a esta muerta primavera…» o era ¿«Arrojo flores muertas a esta blanca primavera…»?
Debes perdonarme. ¿Desmemoria? Confusión. Noviembre.
Pero no olvido tu caligrafía. Noviembres. Y no sé qué más decir, pues ahora, ahora mismo me he acordado una vez más de tu voz, y creo ver tu risa, sí, la veo. Noviembre. No sé ya qué más maldecir, si el pasado aciago, o este noviembre sin ti.

Erstarrung
Ich such’ im Schnee vergebens
Nach ihrer Tritte Spur,
Hier, wo wir oft gewandelt
Selbander durch die Flur.

Ich will den Boden küssen,
Durchdringen Eis und Schnee
Mit meinen heißen Tränen,
Bis ich die Erde seh’.

Wo find’ ich eine Blüte,
Wo find’ ich grünes Gras?
Die Blumen sind erstorben
Der Rasen sieht so blaß.

Soll denn kein Angedenken
Ich nehmen mit von hier?
Wenn meine Schmerzen schweigen,
Wer sagt mir dann von ihr?

Mein Herz ist wie erfroren,
Kalt starrt ihr Bild darin;
Schmilzt je das Herz mir wieder,
Fließt auch das Bild dahin!

Wilhelm Müller

(En el ayer)

The Morning after the Deluge

Joseph Mallord William Turner British Painter 1775 AD - 1851 AD

Joseph Mallord William Turner
British Painter
1775 AD – 1851 AD

De púrpura era tu miedo, de rosa palo tu arte,
cansado de enamorarte
puentes de edades de plata dejaste,

y en el crepúsculo de la muerte

verde aún te sabías tras el cruce del camino
con un palmo de hiedra muerta
te descubriste morado,

tu Destino cansado, en el umbral de la puerta
se hizo de madreperla
de tanto esperarte…

El rosa palo se fue de tu cuerpo escarlata en parte…

…iremos de negro al entierro para no molestarte.

JFC. Noviembre, 2008.

Crédito imagen.

Saludos, Anónimo Lector.

Agnes

Siento curiosidad por las infancias ajenas. Esos años en que los niños lo son en apariencia por no levantar la vista de sus cosas y tener el oído presto a captar el sigilo tumultuoso que les rodea, agitando los brazos cuando siendo ya capaces de elegir entre jugar, callar o simplemente exclamar «no quiero» y comenzar a andar entre los pies de sus mayores, esquivando sus zancadillas taimadas con la excusa de «estaros quietos»

Me inquieta imaginar las infancias ajenas. Las busco ávidamente en los libros, pues en el resto, salvo en el cine, la infancia es una entelequia formulada por ideas nada inocentes, son infancias de quincalla, de marca, de tan ventriloquia y marioneta que parecen dibujos animados en el exilio del horrible mundo. ¿Cómo fue ese edén perdido en el caso de la pequeña Agnes, una niña vivaracha y curiosa, con ojitos de cordero, de ahí su nombre trasmutado? Así quiero imaginármela, por mor de no ser cruel. Una niña como tantas otras, nada indica que no fuera así. Una niña como otras muchas en un ambiente que no debió ser como tantos otros, y hoy cabe preguntarse en qué momento, esa niña de cabellos oscuros y ojos vivarachos condenados a la tristeza, por mucho que hoy se ría, ya mujer, escuchó por vez primera que la muerte era el método, la solución, el verdadero objetivo de la lucha armada, que la muerte sería su destino, la muerte de los demás, sería su gran legado al triunfo de cosas que seguramente no entendía, en aquellas primeras ocasiones que escuchó algo que ella creería eran cosas de mayores, y que todavía tenía, tiempo, años, unos pocos más, para seguir jugando. ¿Qué juguetes o peluches tuvo la pequeña Agnes, como los llamaba con los nombres que a veces de puro secretos, no se recuerdan después de tantos años?

Tendría muñecas, pistolas extraviadas y flechas de indios, de ese estraperlo entre primos y hermanos que por natural, es el principio de la convivencia. Conocería el monopoly, ¿lo entendería de verdad? o la sencilla oca, trasunto de los caminos de ida y vuelta, y el frustrante parchís, con sus fichas que no mueren del todo, la baraja del mundo con su malos agüeros de justicia social…Coleccionaría cromos, mientras las peonzas giraban con esa inocente forma de granada de madera exangüe de sabia, o despreciaría las primeras nancys por fingir siempre tan sonrientes, con esos labios de plástico que no tenían las niñas como ella, o el color del pelo, ni parecido al suyo, o al contrario, las vestiría con las mejores galas regionales, y vería en ellas un ejercito de nuevas niñas que un día cambiarían las cosas de la madre patria. ¿Quién sabe qué pasa por la cabeza de nadie?

O tal vez fuera una niña lectora, la pequeña Agnes, como lo sería años después, y se enfrascara en las aventuras de Celia, los clásicos maltratados por Calleja, o llegaría a la Isla del Tesoro, o el muy improbable Marcelino Pan y Vino, tan triste en la redención inefable o los Andersen y los Grimm, con sus finales felices y ese Bien que no se cansa de vencer, o quién sabe, escucharía las leyendas que todo pueblo necesitado de pasado gloriosos siempre tiene en la boca de los viejos para solaz propio y aburrimiento de los demás cuando ansías cosas nuevas, y preferiría estar leyendo Pulgarcito, con esos desvaídos colores que tanta nostalgia habrán de sacudir hoy por su elocuencia, el pasado siempre acaba desteñido, aún cuando ya lo estuviera.

Pero en algún momento, después de de los juegos, o la lectura, tras agotarse al salto a la comba, el escondite y el tejo o el mediamanga vendría el cambio, esos pasos en pandilla confortable, y con él, los días en que las palabras le llegarían como la lluvia, constante, como es ella, tan pertinaz, como las palabras que hoy nadie recuerda, pero que algún día, en alguna ocasión, o en tantas otras veces que ya nadie reconocería, debieron sustituir los juegos, en la mente y en el alma de de Agnes, esas palabras, debieron llegarle de los mayores, de los no tan mayores y de los venerables.

Llega, pues el día, en que la infancia como era se acaba, de su renegar como rito, de las iniciaciones del primer beso, y «deja esa mano quieta», de no soportar los ojos de aquel muchacho, pero no poder dejar de imaginarlos una y otra vez, es entonces, cuando Agnes, tendría que seguir al grupo, nadie quiere estar sola, pocos, pero alguien, pues no hay adolescencia que sin habitantes sea soportable, ni con libros, ni con clases, ni sus recreos, y por ello, Agnes, necesita del grito común, del sordo soniquete, del run run, de la música de las consignas. ¿Cómo las admitía, cómo las hacía suyas, cómo las mejoraba a su manera, intentando entenderlas o ese era su infantil intento, el mismo que de cualquier aspirante a destacar?

De dónde le llegaban, no es fácil saberlo. No hay antropología conocida para hacer de Agnes una mujer con tal destino, y si la hay, no sabemos de ella, pues los muros doctrinarios, las nieblas estratégicas y las lluvias dialécticas, las palabras inevitables, y las ideas mortales de necesidad para una Agnes, todavía dotada de Alma, es de suponer que su corazón debió luchar. Pero esto no es más que una suposición.

Alguien debió en algún momento, así debió decidirlo, que Agnes, tenía futuro y que debía ser aleccionada en la misión de su vida. ¿Cómo se inocula el desprecio absoluto por la vida humana, la frialdad eterna ante el dolor ajeno, ya en forma de miembros descarnados o retorcidamente abrasados entre el espeluznante amasijo de lo que antes fue mero transporte? Alguien debió inocularle, a la inocente Agnes, qué el olor a carne quemada era un impuesto a pagar, no más que una molestia, por el extenso y lúcido aire de la tierra propia, ese nuevo amanecer de las montañas sagradas, de la patria libre, esa que no llevaba escrita pero nunca debía de dejar de estar colgada en sus labios. Qué el número no importaba, pues la patria libre legitima todo, lo malo y lo peor, y lo inconfesable, lo desconocido, y por tanto lo que no sabrán los que han de juzgar, si bien entonces, ella, Agnes, no pensaba en aquello, pues alguien debió susurrarle sin pausa y con inmísero anhelo, que las heroínas de la madre tierra deben ser fuertes, deben aportar el sacrificio, alguien debe hacerlo. Alguien, Agnes medrar, dirigir, debe decidir accionar, colocar el explosivo, actuar, LUCHAR, por…¿Una fe en la historia futura que el pasado fantástico legitima, «un cuento como cualquier otro», se preguntaría Agnes alguna vez?

No recordaría que antes de ella otra Agnes había elegido el martirio. Allá en la Roma donde los siglos nos han dicho que al final fueron los buenos, pero no matando, muriendo. Pero al final, a Agnes, le llegó una suerte de martirio en su cuerpo encerrado. Se lo habían avisado los mejores antes de ella, los padres de la patria que tan bien habían planeado el destino de Agnes luchadora. Cuándo Agnes, supo que ya no había vuelta atrás, al saber que estaba dispuesta y preparada para todo, o al ver las consecuencias de su actos, es difícil no imaginar el dolor ajeno, pero era necesario entonces, Agnes, tal vez no quiso ver nada, recordando, cuando era niña, como un parapeto de alpacas secas, que en los cuentos, en los juegos, no siempre ganan los mejores ni los buenos, sino los elegidos, y ella había sido elegida. Trampas como pretextos.

O tal vez, todo sea más sencillo, y ella, Agnes, decidió. Lo decidió y lo asumió. E hizo lo que hizo, por que nadie como ella, Agnes, podría hacerlo mejor. Era su destino. Y nadie la inoculó, pues el mal ya estaba en ella, cosas de pertenecer a una tierra sagrada, que sacrifica a las doncellas, y a sus camaradas de tenada, bajo el amparo de aquellas palabras que como estigmas, serán los únicos trofeos que guardan sus infectas almas. Escondidas, medallas secretas que una vez fueron el impulso para sentirse en comunión con la tierra, la tierra sagrada, donde la sangre es del color que se elige por la manera en que a ella llega, ya sea desde el cielo o desde el barranco de una cuneta, una sangre, que por muy lejos que se vierta, a borbotones, siempre vuelve a los pies de Agnes.

Alguien le dijo una vez que sus juegos de mayor no eran por venganza, sino en pos de la justicia. A Alguien se le olvidó decirle que la muerte tiene un precio. Su coste no se mide en años, ¿qué vale la eternidad en el sepulcro adelantado por su mano, de veintiséis seres humanos, con sus derechos humanos bajo la nuca? O el dolor infinito para siempre en las vidas de sus familias, y de todo hijo de bien, y tal vez, ella ya lo sabía, y sólo esperó, a pagar. Tal vez siempre supo que al fin y al cabo, cuando el Mal es tan inmenso, al Bien acaba por rendirse, por cansancio, pues le falta la constancia del odio eterno, y el Mal, que siempre juega sucio, siempre tiene la mejor de las disculpas, El Bien lo empezó todo, tal pensamiento una vez instalado se enraíza a los pies abonados de quien no tiene mejor excusa ni disculpa. Pero ellos no ven nunca el Bien, sólo esa parte del mal que se disfraza de Bien, y es así como se espera, leyendo y estudiando… a ser la mártir que no ha muerto, ese es su fracaso, ni siquiera valía para el sacrificio verdadero. No es la muerte, ella sería casi un premio, es la modestia de saberse sólo una más, el sacrificio comunal, una más, en la larga lista de la infamia, Agnes, sin sueños, sólo una más. Y el resto de la vida discutiendo qué lugar ocupará en la lista de la historia, puesto arriba, puesto abajo. Pobre Agnes, seguro que te prometieron la GLORIA, esa cosa que no ayuda a dormir, pues ¿cómo dormir, soñar, o sólo vivir como Agnes?, sí, vivir siendo tú, aquella niña que nadie sabe cómo se convirtió en lo que es HOY. ¿O sí los sabes, Agnes y esa es tu condena? Saberte tal y como eres. Y no poder hacer nada para cambiarlo.

Saludos, Anónimo lector.